¿Qué es el arte?

Admiro el poder del arte, y sus diversas manifestaciones. Admiro la capacidad de la danza de unir y lograr un consenso entre un grupo determinado de personas. También admiro la crudeza y visceralidad del teatro y la música; donde no solo se transmite y se cuenta una historia, pero se es y se vive. En el arte hay espacio para todo, más no para la mentira.

El actor en escena no miente lo que está viviendo, ni el bailarín puede mentir con sus movimientos, ni el músico con sus letras, el pintor con sus trazos y colores, no hay mentira por más que se intente. El arte es una locura, una locura utópica, y los artistas están locos.

Tan locos que pueden vivir dos o más realidades cuando interpretan. Están tan locos, que son los más cuerdos. Están tan locos que sienten todo a su máxima potencia. Son artistas a tiempo completo y ni cuando duermen descansan; lo son porque el arte no descansa, ni intenta desaparecer.

Lo son porque el arte no descansa ni intenta desaparecer, más bien es una pequeña sombra que va de la mano con nosotros – intentando apropiarse más y más de nuestras vidas – y aparece en cada esquina.

Hay días en los que me cuestiono si podría vivir sin el arte y sé que aunque quisiera no podría; el arte está en las leyes que tanto leo y releo, en los colores de mi ciudad (a veces tan opaca y oscura y otras tantas tan brillante y colorida), en la ropa de la gente, en los números del ascensor, en las fórmulas químicas, y por supuesto en el amor – que ya es puro arte en sí.

He amado y admirado el arte durante toda mi vida, pero últimamente he aprendido a tenerle miedo. El arte siempre está presente, más no siempre es bonito o agradable (y no siempre debe serlo), a veces es crudo, real y tan frío que el estómago se revuelve y predomina la sensación de quererlo lejos. El arte abruma y confunde, más que nada por su constante presencia, pero es imposible vivir sin ello; aunque se intente.

Amo el arte, así como amo la lluvia, las hamburguesas, los besos en la frente, la risa de mis padres, las sonrisas previas a los besos, las novelas o el té. Pero también le temo, así como a las arañas, a los truenos, a las llamas o a la oscuridad. Le temo porque he querido odiarlo más que a nada en el mundo, a sabiendas que he amado muy pocas cosas con la misma magnitud con la que amo el arte; me aterra haberme quemado con mi propio fuego.

Durante toda mi vida, en la mayoría de ocasiones, cuando veo una oportunidad de salirme por la tangente lo hago. Han sido pocas las cosas con las que no ha sido así, y de esas me enorgullezco. Nunca me atreví a pensar que existiera una tangente para el arte, y en el momento en que lo llegué a pensar me di cuenta que lo estaba subestimando; no la hay. Es un laberinto del cual no hay salida, casi imposible de descifrar, similar al de Dédalo en los mitos griegos.

A cada esquina hay una nueva forma de arte. Cada gesto, palabra, sensación, vienen cargados de arte, y todos somos artistas en cierto punto. El mundo gira en torno al arte, así sea inconscientemente; es el común denominador de los humanos, porque incluso ser humanos sensibles, susceptibles, y receptivos, termina resultando artístico en niveles que van más allá de lo orgánico y superficial.

El arte es bonito, aunque inspira miedo. El arte es dulce y amargo, casi como si fuera blanco y negro sin llegar a ser gris. No tiene puntos finales, ni medios, ni comas, únicamente exclamaciones e interrogaciones. No tiene límites, ni tampoco escapatoria. Es bastante abrumador, invasivo o acogedor, pero es real. El arte parece consistir en interpretar y transmitir, pero su función termina siendo inyectar una dosis de realidad y locura, entremezclados ambos. Y como solemos ver la vida con otros ojos no entendemos que el arte no interpreta, ni transmite; refleja lo que somos y lo que quisiéramos ser.

 

Anuncios

Unas cuantas notas tristes.

Hoy en silencio me acurruqué en una esquina y me dediqué a observar el agua corriendo por las baldosas de la pared. A veces estiraba mi mano, para sentirla salpicar en mi piel y el sentimiento era surreal. Como si no estuviera allí presente, solamente observando otro cuerpo realizar la acción e imitandola.

Busqué algunos sentimientos en el vacío del pasillo, y me estanqué nuevamente a mirar la pared. Movía los pies esta vez, los sacudia e intentaba alcanzar el piso – esto último sin mucho éxito. – casi con desesperación. Sentía que el mundo a mi alrededor iba más rápido, o simplemente yo iba despacio. Abría y cerraba mi mano, sin mucho ánimo, e intentaba ser consciente de ese movimiento.

Sentí la ropa abrazando mi cuerpo y cortando un poco del viento que me trae el ventilador, y ahí fue cuando decidí llevarme la mano a la cara para darme cuenta que había estado llorando de nuevo.

Sigo buscando una respuesta, una señal o alguna cosa que me ayude a encontrar una explicación, pero prefiero entregarme al peso de mis párpados y al cansancio de mi mente.

Estoy nuevamente intentando alcanzar al piso con la punta de mis pies, a veces lo logro y otras tantas no lo hago. Cierro mis ojos e intento alejar las ganas de llorar, que a veces vienen de manera fugaz y se van casi al instante.

No hace frío, pero tengo escalofríos que bajan por mi espina. Tampoco hace demasiado calor, pero en ocasiones me siento agobiada y acalorada. Necesito respirar más lento, con más fuerza. Con más ánimo.

Pienso en ti, en cuál habría sido tu reacción al verme observando el agua correr sin siquiera expresión en mi rostro. O en cambio recuerdo tus dedos paseando por mi cabello y mi rostro, y esa memoria me conforta cuando acuesto mi cabeza en la almohada.

Hoy pasé más de veinte minutos viendo correr el agua, esperando encontrar alguna respuesta en ella. Vi el torbellino que se arma, tanto en la ducha como en la manguera, mientras el resto del mundo se mantiene igual.

La silla vacía.

Diciembre 20/2017

10:29 A.M.

Voy en un tren a un lugar que no conozco, aún no. Me acompañan personas que tampoco conozco, y mucho menos entiendo. Aún así, nos las arreglamos para tener algo en común: todos nos dirigimos a un destino. Simplemente corrimos con la fortuna de coincidir, hoy y a esta hora.

Frente a mí hay una silla vacía que ya ha estado – y seguramente lo volverá a estar – ocupada por centenas de viajeros. Algunos con exceso de prisa y otros sin una pizca de ella. Unos cuántos nostálgicos, otros pocos aliviados. Todos con alguna historia a ser contada.

Por la ventana se ven el agua congelada por el frío y los árboles cuyas hojas escasean. No evito pensar ¿Qué historia me corresponde contar a mí?

Seguramente mi silla también ha estado vacía, ocupada por un momento pero nuevamente vacía. Posiblemente ha recogido lágrimas y ha sido testigo de muchos desvelos. Ciertamente ha conocido miles de rostros y culturas.

No conozco mi destino, pero sé que lo haré. Quizás por eso no me siento perdida. Tampoco me siento vacía o cansada, mucho menos sola. Me atrevo incluso a decir que me siento bien; me siento viva.

Quizás esa sea mi historia. O quizás apenas la este escribiendo. Quizás la he escrito a lo largo del tiempo, con lágrimas y risas.

Siento que mi vida va a miles de kilómetros por hora, así como este tren, y para no perdermela – ni dejarla pasar sin mí – me he sentido impulsada a hacer pausas. Cada una de ellas compone la historia que tengo – o tendré – para contar.

Puedo hablar de mis impulsos, de la mujer cuyo corazón infantil se derrite con la navidad. O en cambio de la niña que de un momento a otro empezó a cambiar todo aquello a lo que estaba acostumbrada, incluyendo su propio aspecto físico. Incluso hablaría de la adolescente que ya no le teme – no tanto – al miedo o a la soledad.

Sigo devaneando y viendo frente a mi una silla vacía. Sin nada propio, sin esperar a nadie. Simplemente está y punto. Y creo que no hay nada que adore más que el hecho de no sentirme tan vacía como esta silla que me acompaña.

Epifanía de Octubre.

Hoy no sé en qué, o en quien, creer.

No sé con qué tipo de aguja nos tejieron. No sé qué clase de hilos me componen, ni sé cuales debería usar para seguir tejiendo.

No confío en el peso de mi pecho, en el globo que sé que tarde o temprano va a explotar. No creo en los vendajes que me han puesto, cuando ni siquiera he estado herida.

Sin embargo, sé que aún hay de qué atenerme. Aún cuento con la fuerza de tu espalda, con los puntos suspensivos que no he escrito, incluso con las lágrimas que se han derramado.

Hoy no sé tomar decisiones.

No encuentro las llaves de mi propia puerta, malgasto mis letras y mi tiempo aquí, y por más que cierre mis ojos; no veo más que destellos de pesadillas ya olvidadas.

Hoy confío en mis suspiros. En mis lágrimas y en mis risas. Confío en la esperanza de julio, recuerdo la tristeza de marzo e intento definir noviembre.

No confío en la lluvia, en la luna, en el espejo. Rehuyo a la música, al baile y al televisor. Me niego a leer libros que ya he leído. Me encierro, en medio de tanto.

Hoy no sé qué clase de muñeco tejer, qué árbol debería plantar o cuantas calabazas deberían – y no lo están – estar decoradas en mi puerta. Hoy me dedico a soltar letras, a garabatear números repetidamente y a intentar llenar un vaso que ya lleva un buen rato estando medio vacío.

L’art.

Existe drama en el arte.

Y ahí es donde empezamos a preguntarnos, ¿Qué es el arte si no un arma de doble filo? No podemos decir que no nos toca el arte, no nos mueve, pero jamás podríamos tener el descaro de decir que el arte no puede ser lastimero e incluso dañino.

Entonces, entras tú. ¿Y es que eres algo más que arte puro?

Eres arte. Del más puro el más dulce. Eres esa risa que se escapa en la madrugada, eres ese sueño que deseamos volver a tener, eres esa conversación en la que se han tocado tantos temas que ya no se recuerda cuál fue el inicio de ésta.

Me reía inicialmente de cómo eras, me entorpecía con tu dulzura, y sentía lo que era alienarse del mundo pues me perdía completamente en tí.

Ahora no hago otra cosa sino quererte cada vez más. Incluso con tu ceño fruncido y tú seriedad. Sigo queriendote, sigo viendo arte en tí.

Eres el arma de doble filo que fue capaz de darme vida. Avivas mi corazón, me entregas coraje. Rompes las barreras que hay entre ambos, entre mi completa frustración respecto a las matemáticas y tú paciencia que a veces se agota.

Y cada vez que te veo, estoy más segura de ello; eres arte. En su estado más puro y natural.

El arte no es belleza, singularmente, el arte es vida. Por eso sos arte, porque a dónde vas llevás vida.

Hoy, y siempre, te quiero.