La silla vacía.

Diciembre 20/2017

10:29 A.M.

Voy en un tren a un lugar que no conozco, aún no. Me acompañan personas que tampoco conozco, y mucho menos entiendo. Aún así, nos las arreglamos para tener algo en común: todos nos dirigimos a un destino. Simplemente corrimos con la fortuna de coincidir, hoy y a esta hora.

Frente a mí hay una silla vacía que ya ha estado – y seguramente lo volverá a estar – ocupada por centenas de viajeros. Algunos con exceso de prisa y otros sin una pizca de ella. Unos cuántos nostálgicos, otros pocos aliviados. Todos con alguna historia a ser contada.

Por la ventana se ven el agua congelada por el frío y los árboles cuyas hojas escasean. No evito pensar ¿Qué historia me corresponde contar a mí?

Seguramente mi silla también ha estado vacía, ocupada por un momento pero nuevamente vacía. Posiblemente ha recogido lágrimas y ha sido testigo de muchos desvelos. Ciertamente ha conocido miles de rostros y culturas.

No conozco mi destino, pero sé que lo haré. Quizás por eso no me siento perdida. Tampoco me siento vacía o cansada, mucho menos sola. Me atrevo incluso a decir que me siento bien; me siento viva.

Quizás esa sea mi historia. O quizás apenas la este escribiendo. Quizás la he escrito a lo largo del tiempo, con lágrimas y risas.

Siento que mi vida va a miles de kilómetros por hora, así como este tren, y para no perdermela – ni dejarla pasar sin mí – me he sentido impulsada a hacer pausas. Cada una de ellas compone la historia que tengo – o tendré – para contar.

Puedo hablar de mis impulsos, de la mujer cuyo corazón infantil se derrite con la navidad. O en cambio de la niña que de un momento a otro empezó a cambiar todo aquello a lo que estaba acostumbrada, incluyendo su propio aspecto físico. Incluso hablaría de la adolescente que ya no le teme – no tanto – al miedo o a la soledad.

Sigo devaneando y viendo frente a mi una silla vacía. Sin nada propio, sin esperar a nadie. Simplemente está y punto. Y creo que no hay nada que adore más que el hecho de no sentirme tan vacía como esta silla que me acompaña.

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Epifanía de Octubre.

Hoy no sé en qué, o en quien, creer.

No sé con qué tipo de aguja nos tejieron. No sé qué clase de hilos me componen, ni sé cuales debería usar para seguir tejiendo.

No confío en el peso de mi pecho, en el globo que sé que tarde o temprano va a explotar. No creo en los vendajes que me han puesto, cuando ni siquiera he estado herida.

Sin embargo, sé que aún hay de qué atenerme. Aún cuento con la fuerza de tu espalda, con los puntos suspensivos que no he escrito, incluso con las lágrimas que se han derramado.

Hoy no sé tomar decisiones.

No encuentro las llaves de mi propia puerta, malgasto mis letras y mi tiempo aquí, y por más que cierre mis ojos; no veo más que destellos de pesadillas ya olvidadas.

Hoy confío en mis suspiros. En mis lágrimas y en mis risas. Confío en la esperanza de julio, recuerdo la tristeza de marzo e intento definir noviembre.

No confío en la lluvia, en la luna, en el espejo. Rehuyo a la música, al baile y al televisor. Me niego a leer libros que ya he leído. Me encierro, en medio de tanto.

Hoy no sé qué clase de muñeco tejer, qué árbol debería plantar o cuantas calabazas deberían – y no lo están – estar decoradas en mi puerta. Hoy me dedico a soltar letras, a garabatear números repetidamente y a intentar llenar un vaso que ya lleva un buen rato estando medio vacío.

L’art.

Existe drama en el arte.

Y ahí es donde empezamos a preguntarnos, ¿Qué es el arte si no un arma de doble filo? No podemos decir que no nos toca el arte, no nos mueve, pero jamás podríamos tener el descaro de decir que el arte no puede ser lastimero e incluso dañino.

Entonces, entras tú. ¿Y es que eres algo más que arte puro?

Eres arte. Del más puro el más dulce. Eres esa risa que se escapa en la madrugada, eres ese sueño que deseamos volver a tener, eres esa conversación en la que se han tocado tantos temas que ya no se recuerda cuál fue el inicio de ésta.

Me reía inicialmente de cómo eras, me entorpecía con tu dulzura, y sentía lo que era alienarse del mundo pues me perdía completamente en tí.

Ahora no hago otra cosa sino quererte cada vez más. Incluso con tu ceño fruncido y tú seriedad. Sigo queriendote, sigo viendo arte en tí.

Eres el arma de doble filo que fue capaz de darme vida. Avivas mi corazón, me entregas coraje. Rompes las barreras que hay entre ambos, entre mi completa frustración respecto a las matemáticas y tú paciencia que a veces se agota.

Y cada vez que te veo, estoy más segura de ello; eres arte. En su estado más puro y natural.

El arte no es belleza, singularmente, el arte es vida. Por eso sos arte, porque a dónde vas llevás vida.

Hoy, y siempre, te quiero.

Cuándo llegues tú.

Cuando me siento suelo mirar al piso, allí, dónde mis pies no alcanzan; detallo cada línea, cada dibujo. Busco algo, sin saber exactamente qué.

Me concentro en el incesante tic-tac del reloj. Cuento cuántas veces moverá sus agujas hasta la próxima hora y me pierdo cuando voy más de la mitad.

Evito suspiros, tamborileo con mis dedos en la mesa, intento alcanzar el piso con mis pies y cierro mis ojos. Intento sacudir lo que ya sé que viene.

Me mantengo en la espera. Me muerdo la boca constantemente, levanto la mirada casi con desesperación. Recuerdo tu sonrisa, me aferro a ella.

Ignoro la risa que sé que va a salir. Te reirías – aunque con cierta rabia – al verme así. Porque sabes que miro a la puerta con esperanza de verte entrar y que con tu llegada se vayan, finalmente, estas ganas de llorar que no pertenecen aquí.

Me compré un reloj de arena;

Para seguirle el paso al tiempo.

Y de vez en cuando

Lo volteo antes que se acabe,

Para sentir que se detiene,

Que lo manejo,

Que lo aprovecho mejor.

Pero no puedo dejar de pensar cada vez que lo veo,

Cuánto odio ese reloj de arena que me hace echarte de menos sin que te hayas ido.